Claudia.Una niña, quería cantar.(RELATO 1º)


Claudia.Una niña, quería cantar.(RELATO 1º)
       Amanecía. Era un día brillante, reluciente, el resplandor cegaba nada más mirar por aquella ventana de la buhardilla. El brillo, la pulcritud de aquella mañana espléndida, de ésas surgidas a continuación de largos días de lluvia. Aparecen las hormigas aludas, rejuveneciendo el aparente día después. Hasta las personas parecemos envolvernos en un aura celestial que nos pide salir a recibir ese sol necesario. Pisar la hierba aún mojada pero destellante por su verde cegador al roce con los rayos del astro principal que nos da vida.
       Pensé, es un buen día para decírselo, para terminar mi propósito, por lo menos el de ahora, no puedo esperar más para contárselo, salir de esta incertidumbre.
       Mi pensamiento era temeroso del resultado de aquella, para mí, hazaña. A mi edad era poco menos que un sacrilegio, con mi educación, con la rectitud de mi padre, no sabía por donde atacar aquel flanco imprevisible de resultado.
        Él, mi padre, persona seria donde las hubiera, era el receptor del mensaje cifrado, donde se encontraban mis más queridas ilusiones.
        Papá era persona conservadora, en las formas, trabajaba de empleado de banca, de las de toda la vida: "conservadora, el cliente lleva la razón que su bolsillo otorga", pero él se limitaba a cubrir el expediente de empleado, sin más. Era metódico, ordenado, meticuloso. Siempre hacía lo mismo: llegaba del banco, se calzaba las zapatillas, de suela de  goma espuma, "las más cómodas del mundo, te dan vida", solía decir. Tomaba el libro del lugar en el cuál lo dejó el día anterior, leía mientras mamá preparaba la mesa para comer. Le gustaban los clásicos, tanto como para opinar o más bien afirmar: "mientras no hayas leído los clásicos, no hay lugar para otros". No sabría decir si estaba equivocado, mezclaba sus gustos con la verdad, pero él lo afirmaba de tal forma, con tanta seguridad que por lo menos nosotros pensábamos de aquella manera.
       En cuanto a la educación que había que darnos, se remitía a lo aprendido de la suya. A pesar de su seriedad era comunicativo en suma medida, aprendía de todo a su alrededor.
      Sus hijos, hijas en su caso, debían de labrarse una carrera para conseguir la libertad; libertad para saber tomar las decisiones adecuadas en su momento, no tener que tomar la crudeza de la vida de depender de un marido, no siempre lo debidamente atento con su esposa. Sus hijas serían libres porque él les inculcaría las ideas de libertad que surcaban su cabeza. No habrían de ser esclavas, sirvientas o simples amas de casa de nadie mas que así lo decidieran, a su pesar. Él no era así con mamá, pero le constaba de las conversaciones con sus amigos. A veces incluso ayudaba a limpiar la loza, como se llamaba antes a la vajilla, si sus amigos lo hubieran sabido ya tenían diversión para rato. Siempre que podía, ayudaba a mamá en todo, sus ideas eran en este aspecto revolucionarias, las mujeres teníamos en él nuestro más fiel defensor. Solía argumentar: "los hombres, basándonos, desde los principios, en nuestra fuerza física que no mental, hemos ido creando un mundo machista para nuestro beneficio y comodidad. Es más cómodo tener sirvienta, sin pretensiones, a nuestra disposición para todo y cuando deseemos". También protestaba, "hasta los más progresistas de labia, se la van dando de aperturistas, de ideas amplias, pero se limitan a dar unas migajas para poder tomar ellos el grueso del pastel, siempre se dijo que el que reparte y reparte le toca la mejor parte".
      Cómo le diría a este padre, sí con ideas abiertas, pero de una rectitud e inflexibilidad en algunos casos que daban miedo. Los castigos mandados eran cumplidos sin merma, no habríamos hecho mal las cosas más de una vez, pues los severos encargos nos hacían retroceder en los nuevos intentos de incumplir lo prometido. ¿Quién se estudiaba a Homero, Séneca, Platón, Eurípides... y no sé cuántos más para después explicarle lo más esencial del texto encomendado a leer como pago a la desviación del camino marcado de nuestra educación. Se cuidaba muy mucho de que no dejáramos a mamá en evidencia nuestros conocidos. No sé, eran contradicciones, por lo menos a mí me lo parecían, eran propias a su persona. Después he comprobado su intención para nuestro bien.
       Al ser mayor que Esther, mi hermana, era a mí a quien se exigía seguir las normas más al hilillo. Las pruebas a superar eran más duras para mí que para Esther, pues decían, tanto mamá como papá, la gran similitud de los ademanes de Esther sobre los míos. Se me obligaba a tener extremo cuidado pues su nivel de imitación era increíble. Debía de estar "dos palmos por encima de las circunstancias" me decían.
       No encontraba la forma de soltárselo, llevaba maquinando el cómo, el cuándo, la forma de plantearlo. Sería un mazazo, me repudiaría por salirme de mis enseñanzas, de mis principios, o tendría que decir de los suyos. Bueno eso pensaba hasta el día de aquel atrevimiento tan...


         Mamá era delgada, elegante, de buena estampa, "una flor de loto en el bello estanque, que hacía palidecer la suntuosidad de los blancos cisnes del parque", como papá repetía, al recordarlo otra vez, sobre ella desde el día en que la conoció. Fue una tarde, durante el paseo típico por aquel paraje natural. "El lugar más inimaginable, más si cabe a partir de aquel momento, que se pueda imaginar, valga la redundancia", repetían al unísono. Decían que la redundancia les hacía el recuerdo más bello si cabe.
       Una mujer criada en un ambiente electo, educada en buenos colegios privados, pero solamente por tradición, por pertenecer a una familia acomodada de la burguesía alta. u pretensión nunca fue valerse por sí misma. Muy al contrario sus aspiraciones se limitaban a un marido, sustento de una familia a la cuál ella dedicaría su tiempo en cuanto cariño y atenciones con los hijos, lo demás para la sirvienta. Así lo pensó, lo deseó y así lo consiguió.
        Florinda, nuestra sirvienta, era pero que una sirvienta, hasta el nombre. Antes de guiñar un ojo, mi madre ya sabía lo que tocaba. Pero en cuanto a nosotras, esa parte era obligación, devoción más bien, de mi madre. En nuestra educación no había equívocos, los pensamientos para con nosotros de Don Flavio, como mamá llamaba a papá, no sin sorna, pero cariñosa; eran los adecuados para nuestra educación. Ella no había pensado así, no tenía queja de lo conseguido pues era lo deseado, pero para sus hijas nada debía de ser, la libertad de expresión. Le encantaba pensar en sus hijas actuando de la forma tantas veces explicada por Don Flavio, sin ataduras de hombre alguno, más bien llevando las riendas.
       Nos admiraba, de Esther le encantaba la imitación tan perfecta de mis ademanes, desde que tuvo apenas un año. En cuanto a mí, no lo sé, me veía con esos ojos de madre protectora, observando en su polluelo la facilidad de soltura que va adquiriendo día a día, enseñándole nuevas cosas. Repetía y repetía: "Cuida de Esther, es tu sombra, si te caes ella se cae, si te levantas ella igual; piensa, eres el ejemplo a seguir por ella.No me defraudes".
      Así crecimos, Esther era preciosa, niña risueña, alegre, ufana. Su pelo rizado en caracoles amplios de un rubio brillante. Sus ojos a juego con su cara, azul cielo, deslumbrantes. Su mirada te levantaba el ánimo hasta en los momentos más angustiosos. Era el sueño de cualquier madre al pensar en ¿cómo debe ser mi hija?.
     Nos divertíamos mucho en nuestras escapadas al atardecer en aquel campo donde nos solía llevar papá a pasear a Comandante: un setter inglés de pelo rojizo cuya inteligencia, porque había que llamarle así, nos deslumbraba todos los días. Cuando escuchaba referirse a él con lo de "el perro", se ponía a ladrar de forma histérica, te agradecía cuando se le nombraba por Comandante con un lametazo. Su nombre se lo debía al libro que leía papá aquel fantástico día que el Sr. Julián, nuestro vecino, nos lo regaló. Nos dijo cuánto le gustaba los perros, p ero que su reala ya estaba completa y antes de tenerlo que sacrificar, sabía de nuestro cariño por los animales, así pues nos lo había traído.
     Estabamos en el dilema de se llamará..., cuando papá leyendo el libr0 "Alcoholes" de Guillaume Appollainare con su portada del escritor vestido de militar en el frente, al cerrarlo Don Flavio se levantó y muy solemnemente soltó: Yo te bautizo: "Comandante", cogió el vaso de agua de la mesa arrojándolo sobre el cachorro, que salió corriendo como un diablillo, rascando unas risotadas de todo el mundo. Desde entonces fue nuestro eterno protector.  
     Estabamos jugando Esther y yo en la terraza cuando llegó Rubén, mi primito de Valencia, siempre fastidiando para no variar. Agarró una de mis trenzas, bueno intentó agarrar pues todavía no había empezado a pedir ayuda, cuando se abalanzó sobre él nuestro Comandante de aquella forma. Menos mal la rapidez de papá, que se encontraba cerca, separando el perro pues si no las dentelladas le podían haber obligado a coser la nalga del pobre Rubén, aunque se lo tenía merecido. Fue el último intento de fastidiar. Cuando se le antojaba empezar sus vainas no había más que mirar a Comandante, su rugido se hacía fuerte, y Rubén salía lloriqueando hacia tía Águeda.
     Era un niño engreído, mal criado, niño único, egocéntrico, un estúpido en definitiva, vamos demasiado mimado. pero con Comandante se dio con un canto en los dientes. Papá debía de haber dejado a Comandante un rato más para dejas alguna señal en el culito del primito. Esta ventaja nos sirvió para pasar más rápido y echar menos en falta nuestros juegos, que antes debíamos interrumpir durante la semana de vacaciones de los tíos en casa. Después llegó a ser importante en su pueblo, algo así como secretario. Pero el paso de los años no hizo más que incrementar su pedantería y estupidez, llegando a ser nuestra relación de encuentros esporádicos en algún velatorio común, por lo de la familia.
              Su madre, tía Águeda era un sol, en cambio. Estaba dispuesta a cualquier cosa por no hacerse notar durante las vacaciones, a no ser por ayudar. Mujer inteligente, se licenció en Arte Contemporáneo, pero no ejercía desde su boda con Darío de Fonseca. Un abogado importante, de familia de abogados, pero el pobre tomó el camino equivocado para triunfar en su carrera. con ideas de izquierdas se separó un poco de la influencia de su familia para defender a gente sin medios, trabajadores sin más ayuda que la quiera echarle alguno como él. En casa se le conocía como "Fray Darío de Fonseca, el hermano de las causas perdidas" por aquello de que o no ganaba el juicio o no ganaba un duro. Pero eso sí, un hombre muy justo. Mi abuelo le decía: "quien no tiene padrino no se casa, Darío", él se lo tomaba a guasa. Pasaban esa semana de vacaciones desde hacía varios años. Realmente nos era grata su visita, a no ser por el dichoso Rubén.
         "La Semana" pasaba, volvíamos a nuestra rutina, hasta llegar el día de Nª Sra. de los Ángeles. Lloviera o tronara desde hacía algunos años, don Flavio empezaba sus vacaciones en la sucursal de la calle Villamartín de Fonseca. Bueno esto ocurrió hasta la llegada de las palabras: competitividad,americanismos, etc...cambiando todo, primero el horario, después la fecha de vacaciones y hasta el lugar de residencia, vamos haciendo lo que le dan la gana con la máquina a su disposición que es el empleado, para eso está, si no la empresa no es rentable, se gana menos miles de millones y hay que cerrar, cerrar digo, echar al empleado y contratar un JASP que apenas si cobre, bueno esa es otra historia.
        Cuando no había nada previsto, yo lo celebraba, nos íbamos a un pueblo onubense llamado Punta Umbría. Una ciudad costera de apenas de diez mil habitantes, pero que durante el veraneo se multiplican por cuatro o cinco veces si no más. Nuestra fecha era algo mejor pues ya va volviendo el personal a las ciudades, pero no hace frío aún. reconfortándonos la tranquilidad. Alquilábamos un piso de éstos pertenecientes a los trabajadores del boom económico de la zona del polo, donde mucha gente ganó mucho dinero, dedicándolo a segunda vivienda. Ahora deben alquilarlos los meses más importantes del año para poder sustentarlo y no tenerlo que vender.
            Sus playas blancas, tranquilas, haciendo honor a la Costa de la Luz cuyo nombre lleva. Son de una calidad, una sensación de flotar en el aire consigues al bañarte en el lugar. Alguien me dijo de un sitio, el más bajo del mundo, donde hay un mar, que también hace honor a su nombre, Muerto pues no viven ningún ser vivo en sus aguas. Dicen de él quien allí se bañó, la posibilidad de leer recostado sobre el agua sin artilugio que te mantenga. No sé, por un no sé qué de la densidad del agua, de la sal, una trola suena, pero no habré de terminar mis días sin visitarlo... bueno retomemos pues se me va el santo al cielo.
        Nuestros días eran dedicados a tomar el sol, hacer un tremendo castillo de arena con foto incluida, para luego ver como el agua en la pleamar va derrumbando aquello que se tomó casi un día para nacer. La vida es así, nos esforzamos en conseguir algo, algo a veces imposible para nuestras posibilidades, pero con tesón, coraje,si no conseguimos por lo menos deseamos y si conseguimos después llega alguien o algo que nos lo priva. Pero todo superado llega el final definitivo, "el mundo de las cajas" como dijo alguien que nos devuelve al principio, a demostrarnos la igualdad de todo ser vivo. Nuestra foto nos servirá para satisfacernos al contarlo a nuestros hijos o nietos.
         Y llegada la hora de la comida, o la degustación, pues más bien parecía un banquete. "La Barca del Tío Manué" era el entrañable lugar. Había una fuente de pescado frito, algunos te miraban casi vivos de haberlos pescado por la mañana. Aquel choco a la plancha, a mí me parecía sepia, me decían que era parecido pero ésta más dura. Unas gambas blancas de la costa, de nuestra costa repetía siempre el camarero, todo acompañado con un vino del Condado, pues tenía fama decía papá, nosotros nos tocaba la limonada. Las gambas llenaban un platón junto a otro con chirlas al verde. Un apetito si no estaba,aparecía nada más ver aquello, por ello siempre celebraba la no preparación de las vacaciones. Cuando decían en casa, pues este año no hay nada preparado, saltos de alegría, ya sabíamos el destino.
       Ni que decir tiene, la noches, olor a brisa marina, temperatura celestial. Los zagales pasaban pero no me atrevía a salir por mi corta edad, hoy no es lo mismo.
      Esther me imitaba, como mamá decía, pretendía todo lo visto en mis manos, mi cuerpo, mi boca, incluso pienso hasta mi mente. Parecía tener cierto don. Algunas veces me dejaba perpleja como cuando me dijo:"mañana, le dirás a papá lo del piano", cómo sabía aquello si no se lo había dicho, casi no lo había pensado. Pero esa intuición fue desapareciendo con el paso de los años. Creo desde siempre en la inteligencia de Esther, no necesitaba mi ayuda más bien al contrario, yo de ella.
       Mi cabeza daba vueltas y más vueltas: carrera, independencia, libertad, hombres, decidir..., será un fuerte golpe en la familia, por lo menos dañaré su ego, pero y mis pensamientos ¿no cuentan?, al fin y al cabo es lo que siempre dice. Eran divagaciones pero rápidamente me asaltaba la parte positiva de mí, me daba fuerzas a seguir intentándolo. Mi hermana se me aparecía en sueños, ella me seguiría, sería un fracaso por mi culpa. Sentía una pesadez muy importante sobre mi cabeza. La inteligencia de Esther me indicaba o por lo menos eso yo quería, su camino sería otro, esta vez no me seguiría. El dilema siempre en cuestión.
       Si expusiera las cosas como Don Flavio lo hacía no habría problemas, él lo entendería, todo el mundo lo entendería: "Decisión por ti misma".
      Estuve muy nerviosa desde la mañana, toda la noche anterior la había pasado en blanco. Me rondaba la cabeza, veía escrito por todas partes: mañana explosión, revolución, mi primera estampida, se sale del camino, moflete caliente, cara hinchada, la primera..ra vez.... En el otro lado de la balanza surgían las notas musicales del piano soñado. Una frase no se de quien ni por qué se repetía y me gustaba: La primera vez que oí algo así se me mojaron las bragas, sé que suena a vulgaridad pero me reconfortaba. Era la realidad del relamido gusto de mi cuerpo al escucharlo. Habrá que intentarlo, atenerse a las consecuencias.
      Llegó la hora "d", como en las novelas de los militarotes. Bajé las escaleras. Día festivo, no había prisa para desayunar. Me temblaba todo el cuerpo. Don Flavio taza en mano, ojeando el periódico. El corazón me estallaba. Miedo. Ilusión. Temor. Ansiedad. Todas las sensaciones se apoderaban de mí sin poder eliminarlas. No había prisa velocípeda de a rutina diaria. Beso su mejilla como de costumbre pero sorpresa, algo me notó.
        -¡Qué te ocurre esta mañana, te noto preocupada!
        -No, nada, -le respondí entrecortada, lavoz.
        -Di a papá lo que ocurre a mi niña más preciosa, a esos ojos siempre alegres, hoy tan tristes, -me susurró.
        -No, si no es nada--volví a insistirle.
        -Bueno si no quieres compartir con tu más ferviente admirador tus secretos, pues nada me pondré triste yo también, para que estemos de igual a igual--repuso Don Flavio.
       Tomé valor, un suspiro muy hondo, pensé ahora o nunca. No esperé a la llegada de mamá desde la cocina, pues podría caer en broma y no darle su importancia. 
Esther tampoco había bajado aún, así que era el momento adecuado.
        -Quiero ser artista--le solté.
        No habló, se quedó muy serio, pensativo, como si hubiera recibido un golpe. el cariño anterior parecía haberse esfumado. Su duda me provocó terror. Me veía encima lo peor.
        Intenté romper el silencio, sepulcral que se había creado. era pura densidad.
        -Me gustaría tocar el piano y cantar.
        En ese momento aparecen mamá con la bandeja de nuestros desayunos y Esther bailoteando y sonriendo como de costumbre.
        -Mamá se paró diciendo- Buenos días Claudia, nos hemos perdido algo.
        - Buenos días- contesté sin más.
        -¿Qué pasa tan importante como para poner las jetas que tenéis?-- dijo frunciendo el ceño.
         Esther con aquella sonrisa que parecía hacer todo natural, sabía nuestros pensamientos, como si los leyera. Y soltó:
         - Claudia quiere ser artista, tocar el piano y cantar. Pianista de alto rango más exactamente.
         Y qué ¿papá no está de acuerdo?--preguntó mamá incluyendo en la conversación al pensante hombre.
         Don Flavio se levantó de la silla, la acercó a la de Claudia.
          Ella se veía una sombra sobre ella. Tierra trágame, pensé.
         Pero nadie esperaba aquella sorpresa. Grata para todos. Le cogió de las manos, le miró fijamente a los ojos, con voz clara y serena preguntó:
        - ¿Has pensado bien lo que dices?¿es tu pretensión de veras ser artista?¿Sabes el esfuerzo que te conllevará?¡Tu futuro puede ser incierto!
        Mi repuesta fue dubitativa, - no lo sé, pero ahora mismo son mis ideas, lo que me gustaría.
        Saltó Don Flavio de la silla, se inclinó, besó en la frente de Claudia y dijo:
        - Pues ya tenemos una artista en la familia, mi apoyo y el de tu madre y Esther serán desde el más profundo rincón de nuestros corazones para que tu sueño se haga realidad. Mañana mismo iré contigo al conservatorio a ver cuáles son las mejores vías para conseguir tus estudios musicales.
        Su júbilo me sorprendió sobremanera, me apoyó constantemente. También mamá. Aún más Esther que fue incondicional hasta el día de mi primer actuación en público, Pero, bueno, ese es otro cuento...


(NOTA ACLARATORIA.Texto escrito por los años fastuosos de los 90. Publicado en SALPICADURAS. Año 2002. Y ahora recogido aquí para que puedan tener acceso a él quien guste. EL AUTOR MUY AGRADECIDO
CON EL TIEMPO QUE LE DEDIQUEN)

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